Unos minutos

Por Estela Valdés 

Tanto tiempo pasamos fuera de casa compartiendo con otra gente en el trabajo, enfrentando y resolviendo problemas. Llegamos cansados, con ganas de alejarnos de todo aquello que nos quita la tranquilidad tan anhelada, entre esas “impaciencias” suelen estar los hijos, los chiquitos, que esperan ansiosos un momento con su papá o con su mamá.

Casi siempre les decimos, ahora no, estoy cansada o estoy ocupado, y no nos fijamos en la expresión de decepción en sus caritas, sienten el rechazo. No lo hacemos de mala manera, ni con mala intención, simplemente el momento -a veces- no era el oportuno.

Ellos se retiran y en minutos se entretienen con los montones de juguetes que les compramos, o tal vez viendo algún canal de dibujitos y hasta en muchos casos, frente a la computadora, como si nada hubiera pasado, y todo sigue normal, “dicha y armonía” en el hogar.

De a poco, son ellos quienes van tomando distancia porque ese “ahora no mi hijo” escucharon demasiadas veces, durante mucho tiempo y tomaron nota.

Cuando nos damos cuenta se volvieron adolescentes, están por terminar el colegio y empezamos a notar que desconocemos muchas cosas de ellos, entre virtudes y defectos, que queremos corregir o fomentar. Pero entonces, ellos ya tienen otros referentes.

Lo que puede parecer una tontería, como seguirle el juego, compartir un chiste o jugar a las adivinanzas, reírse de sus travesuras, preguntarles cómo les fue en la escuela, o demostrar interés por sus cosas; marca la gran diferencia entre un niño que todavía busca el consejo de sus padres y aquel que se guía por lo que le dicen los amigos o la internet.

Lo que les pueda decir un chico como ellos, o las redes sociales, por supuesto jamás podría siquiera igualarse a lo que le dirían las personas que más les aman y que les desean el mayor bien del mundo.

La confianza se construye todos los días, no es algo que llega con la edad, como si tanto los padres como los hijos tuvieran calendarizado el día que dice: desde hoy empezamos a hablar de estos temas y orientar su formación. En absoluto, esto inicia desde que están en la panza y para siempre, ellos deben saber que estamos ahí para ellos.

El amor es algo que debemos entregar y manifestar todos los días, principalmente cuando son chiquitos; ese tiempo que tenemos la oportunidad de tenerlos cerca y orientarles en cosas básicas y hasta sencillas, desde como saludar, o como agarrar los cubiertos, hasta saber a qué le tienen miedo o cuáles son sus dudas.

Son pocos minutos los que necesitan para sentirse plenamente felices. Es tan poco lo que piden y significa tanto para ellos. Y dicha sea la verdad, no es ningún sacrificio, ni un gran esfuerzo; además nos hace bien, el cansancio y el stress se pierden.

Todos los padres amamos a nuestros hijos y haríamos lo que sea por ellos. Enfrentaríamos a cualquiera por protegerlos, esto es algo que nosotros sabemos y manifestamos constantemente porque es la verdad, y también ellos lo saben, pero no sienten, el amor no puede entenderse como una cuenta de ahorro a plazo fijo.

Es solo un momento en un día, durante todos los días, todo lo que hace falta para blindarlos contra la perversión que está afuera, pendiente con todo el tiempo disponible, sin descansar jamás y dispuesta a apoderarse de nuestros hijos.