Opinión: De griegos y romanos

Por Pablo Valdez

La corrupción a lo largo de la historia política de la antigua Roma fue tan profunda que cuesta entender de qué manera el sistema pudo sostenerse durante tanto tiempo. A ver si les suena familiar; el soborno, el fraude electoral, el pago para agilizar decisiones judiciales o para ganar contrataciones públicas llegaron a ser moneda corriente.

Tito Livio cuenta que, durante la República, se sancionó una ley que prohibía blanquear de más las túnicas de los candidatos. Esto se hacía en el foro para llamar la atención desde lejos y hacerse visible ante los votantes el día de las elecciones. Julio César hizo aprobar una de las leyes anticorrupción más severas de la historia romana, pero antes había mandado romper las puertas del tesoro y se apropió de las existencias de moneda guardadas en dicho sitio.

En Atenas, durante el llamado siglo de Pericles, hubo un sonado caso de malversación de fondos públicos. Se embellecieron la ciudad y los monumentos de la metrópoli a costa de los fondos enviados por las demás ciudades estado que eran aliadas de Atenas. ¿Y qué con eso? Ocurre que dicho impuesto tenía como objetivo costear la protección militar de todo el conjunto de ciudades griegas y no, como efectivamente ocurrió, pagar el hermoseamiento de la capital. A las críticas, Pericles respondió con el siguiente argumento: “no tenemos por qué rendir cuentas de las riquezas de los aliados, puesto que hacemos la guerra y mantenemos a raya a los árabes”.

O sea, Pericles utilizó el mismo argumento de los autoritarios de nuestros días. Así, en buen paraguayo les dijo: pe’e pió ma’a (ustedes quiénes son).

Yendo atrás en la historia, muy atrás, como por ejemplo al siglo V a.c. en Atenas, o al siglo I a.c., cuando gobernó Julio César en Roma, nos encontramos con un elemento común a nuestros días y a cualquier época de la humanidad. La corrupción que observamos en hechos concretos, como el robo a las arcas del estado, o el soborno, lavado de dinero y el enriquecimiento ilícito son manifestaciones externas de la corrupción moral.

Miles y miles de años de prácticas repetidas y a todos los niveles, y bajo todos los sistemas políticos existentes, solo confirman que la corrupción nace de una inclinación humana poderosa. Que se la combate con la aplicación de las leyes y no con la simple aprobación de las mismas. Y que se previene (la corrupción) con la permanente vigilancia y mutuo control.

Verás el verdadero rostro de quien acusaba al corrupto cuando le toque llegar al poder; ahí sabrás si le animaba el patriotismo, o si solo quería desplazar al corrupto de ayer para convertirse en el corrupto de hoy. No lo digo yo, lo dice la historia misma de la humanidad.