No sos un gato

Por: Ricardo Alderete

Estamos teniendo bajas, más que antes, y probablemente este escenario no desaparezca pronto.

Vemos la forma en que se van extinguiendo las vidas de quienes amamos, de los que nos rodean. Nuestros padres, nuestras madres, amigos, compañeros, conocidos y extraños. Ayer estaban, hoy los vemos al cerrar los ojos. Recordando y abrazando desde la memoria. Desde el ensordecedor silencio y vacío de la nostalgia.

Este ángel de la muerte se está llevando parte de nosotros, de nuestros corazones. Nos tocará vivir con lo que nos sobre por el resto de nuestras vidas.

El escenario mundial, a esta altura, no es el que imaginábamos. Para nada. Unos pocos administrando grandes cantidades de vacunas y los muchos otros sufriendo la escasez y la incertidumbre. Preguntándose a diario, ¿cuándo habrá vacunas para todos? ¿Dará el tiempo?

Pero más allá del debate y del análisis, de lo que se hizo bien o mal, lo que se gestionó y en lo que se haya fracasado. Estamos teniendo bajas y hemos perdido el respeto al virus. Con esto solo estamos logrando una cosa: que él se agrande y nosotros nos volvamos cada vez más insignificantes en la lucha por neutralizarlo.

Cuando vemos fiestas repletas como si hubiésemos retrocedido el tiempo y el calendario marcase 2019, y la imagen que vemos son aglomeraciones, ningún tipo de protocolo, ni distanciamiento ni tapabocas, no es simplemente desobediencia al gobierno de turno y no dar el brazo a torcer ante lo que podríamos considerar injusto. Es irracionalidad, falta de empatía, y egoísmo puro disfrazado de hartazgo.

Lo triste es que a la falta de lo que reclamamos que deberíamos tener, le estamos agregando bestialidad propia, agravando todavía más la enfermedad. Y nada puede salvarnos de nuestra propia estupidez, de nosotros mismos, ni todas las vacunas del mundo.

Esto es solo un recordatorio para quien esté pensando en qué fiesta encarar el fin de semana, es un desafío a la muerte que nunca tiene miedo de hacerte saber que no sos un gato, que la vida que tenés y la de los que te rodean es la única que queda.