Olimpia necesitaba un reencuentro con su tradición épica

Por donde se lo mire, heroico y milagroso. Olimpia salió a enfrentar al Deportivo Táchira de Venezuela sabiendo que se jugaba todo en 90 minutos.

Salió con todo. Había que embocar 4 en el rectánculo. Lograba meter 2 en el primer tiempo. Al vestuario con la ilusión intacta.

El Decano arrancó el segundo tiempo con el reloj. Entró un tal Isidro Pitta. Al tobateño se le abrió el arco. Demostró porqué está en el campeón del mundo. Se puso la capa de héroe.

Había olor a hazaña. Un tiro de Derlis González desde la luna de cal alimentaba. La historia parecía encontrar su final de terror cuando vinieron los dos goles venezolanos. Pero no, con limitaciones defensivas iba para adelante, sobre la cornisa.

Corrían minutos finales y Olimpia necesitaba un gol más. Ese tanto estaba en los pies de su capitán, ahí está Richard Ortiz. Pura personalidad, yendo a todas, picante, gigante. Lo que jugó. Metió una zurda impresionante. En una esquina, donde más duele, un golazo y el abrazo del alma entre olimpistas.

Una victoria cardíaca y sufrida como pocas. Triunfazo que puede servir para despejar fantasmas, ocultar defectos y potenciar virtudes.

Al final mojaron seis. Sólo el tiempo dirá cuánto valió el 6-2. Pero hay algo que es seguro. A octavos de final. Lo festejó con los puños apretados y la batalla por la Libertadores continúa. Es el Tricampeón de América, lo saben.