Rubén Omar Romano a 10 años de su secuestro

El excentrocampista argentino fue secuestrado al sur del Distrito Federal el 19 de julio de 2005. Era el técnico del Cruz Azul mexicano.

A lo largo de 65 días, el temor y la incertidumbre se mezclaron con la esperanza y la fe. Después de aquella pesadilla, ya nada volvió a ser lo mismo en su vida.

El 2005 fue un punto de inflexión, un año que trajo consigo la mayor adversidad que hizo tambalear su vida. El fútbol, razón por la que había luchado con perseverancia y con valentía, se erigió en algo insignificante, vacío, casi inerte. Su llegada al banquillo de Cruz Azul fue un soplo de esperanza, de alivio para un equipo que no lograba encontrarse así mismo y que fue minando la quimera de sus aficionados más deprisa que despacio a base de un estilo de juego tosco y ramplón. El 19 de julio, mientras abandonaba las instalaciones del club en La Noria, al sur de Distrito Federal, su vehículo fue embestido por otros dos en la calle Guadalupe Ramírez.

El nuevo técnico del conjunto mexicano había sido víctima de un secuestro, de una pesadilla que atormentó al país y al mundo del balompié. “Los que estaban siempre en la casa eran cuatro o cinco. Y dos hablaban más conmigo. Los otros hablaban menos, pero teníamos buena comunicación también… Es cierto que de repente pasa eso del síndrome de Estocolmo, que tienes una relación con ellos en la que empiezas a contarte cosas. Y que después te da lástima, ¿no? Pero… bueno, lástima en el momento. Luego te das cuenta que te secuestraron, que tu familia sufrió”, explicó en una entrevista al periódico argentino Clarín en noviembre de ese año.

Desde aquel suceso, los hábitos cambiaron en los clubes de fútbol. Muchos ordenaban a sus jugadores que acudieran a entrenar en grupos de tres o cuatro. La aprensión se había instalado en un deporte universal, en el que incluso hubo futbolistas que aborrecieron el alardear de su estatus social por si ello llevaba implícito una llamada al infortunio. Durante aquellos 65 días, Romano vivió más afanado que nunca a la fe, a aquella esperanza que como jugador y como entrenador había tenido para alcanzar nuevos retos. En aquella casa de la avenida López Portillo de la colonia Agrarista, en Iztapalapa, al este del Distrito Federal, vivió incluso el 25 aniversario de su boda con su esposa, María del Pilar Campos.

Pero en vela, con los ojos tapados, postrado en una cama sin otro anhelo que abrazar a los suyos y despertar de aquella pesadilla que parece tuvo su génesis en la prisión de Santa Martha Acatitla, donde José Luis Canchola Sánchez, preso desde enero de 2004 y líder de la banda Los Canchola, orquestó un rapto que tanta incertidumbre creó. Cuando Cruz Azul había disputado ocho jornadas del Torneo Apertura a las órdenes del entrenador auxiliar Isaac Mizrahi, se produjo la liberación. Barbudo, pálido y sensiblemente más delgado, Romano regresaba a la vida real con el sufrimiento tatuado en las entrañas.

Días después, en el estadio Azul de México DF, reapareció públicamente para dar las gracias por las muestras de apoyo que había recibido durante su cautiverio. En aquel encuentro, el Cruz Azul firmó las tablas frente al Dorados de Sinaloa (2-2), pero no lograr la victoria no fue gran impedimento habida cuenta de que aquel hombre vestido de traje, que de por sí era introvertido y serio, había vuelto a nacer.