Hoy se recuerda el Edicto de Milán, promulgado hace 1702 años por el emperador Constantino y que sancionaba la libertad de religión

Hoy se recuerda el Edicto de Milán, promulgado hace 1702 años por el emperador Constantino y que sancionaba la libertad de religión. Luego de las persecuciones que enlutaron a los cristianos, se abría un tiempo de paz y tolerancia.

“Hemos decidido otorgar a los cristianos y a todos los demás la libertad de elegir la religión de su gusto”, rezaba el Edicto de Milán, dictado en el año 313 por el emperador Constantino, poniendo fin a la terrible secuela de persecuciones que habían afligido a los seguidores de Cristo. Un año antes, Constantino vencía definitivamente a su adversario, Majencio, quien le disputaba el título de único emperador de Roma. La leyenda quiere que la noche antes de la batalla de Puente Milvio (en la imagen), Constantino vio en el cielo el signo de una cruz que le anunciaba la victoria y este episodio habría marcado su conversión al cristianismo, pese a la cual se bautizó poco antes morir.

Ni el imperio, desconcertado y dividido por tantas luchas internas, ni la misma Iglesia pasaban por un buen momento.

La última gran persecución fue pocos años antes, bajo el emperador Diocleciano (244-311), cuyo reinado fue entre 284 y 305. Se desconocen los motivos, pero dispuso que hasta las iglesias fueran arrasadas. Funcionarios públicos y soldados fueron expulsados de sus estamentos. Se dice que la esposa y la hija de Diocleciano fueron obligadas a sacrificar a los ídolos, sospechadas de simpatizar con el cristianismo.

Ante el peligro de morir, hubo muchas defecciones en la Iglesia, un número considerable (se los denominaba “lapsos”) de creyentes apostató. El propio Papa Marcelino, quien murió mártir en el 304, rescató su nombre luego de haber entregado los libros litúrgicos a los perseguidores. Sucesivamente, la Iglesia quedó sin Pontífice hasta el año 308, cuando fue electo Marcelo, quien permaneció hasta el año siguiente según algunos textos. Según otros, fue un mero regente de la diócesis de Roma.

Mientras tanto, Diocleciano nombró a Maximino co-emperador e instituyó a dos nuevas figuras (Césares), dando inicio a una tetrarquía de gobierno por la que el imperio fue subdividido en cuatro territorios. El hijo de Maximino, Majencio, suspendió la persecución en 306.

Sin embargo, en la Iglesia quedó evidenciado el problema de los lapsos. En efecto, en esos años los magistrados se habían esforzado mucho en ahorrar vidas humanas, presionando a los cristianos para que cedieran con su postura. Se intentaba persuadirlos, con argumentos, amenazas y hasta coaccionándolos psicológicamente. ¿Qué actitud tener con quienes, al menos públicamente, habían apostatado?

El Papa Eusebio (309-310) fue particularmente rígido. Se exigía un período de penitencia antes de ser vuelto a incluir en la comunidad cristiana. Pero no todos aceptaban tanta severidad. Un número posiblemente importante de lapsos reclamaba comprensión y volver a poder recibir los sacramentos. Los contrastes internos sobre este tema llegaron a provocar la intervención de las autoridades para recuperar la paz social. Eusebio fue alejado de Roma por Majencio, quien lo exilió a Sicilia. Se tuvo que esperar hasta 311 antes de que la sede de Pedro fuera ocupada por un Papa: Melquíades (311-314), quien era Pontifice el año 313, cuando fue promulgado el Edicto de Milán.

Había vuelto la paz. Se alejaba definitivamente el peligro de arriesgar la vida por profesar una fe religiosa. El cristianismo, cuyos miembros eran aproximadamente el 10 por ciento de los 50 millones que habitaban el Imperio Romano, recobró impulso y su dinamismo se reveló clave para recomponer las divisiones existentes, para construir una cultura y una ética que hiciera de argamasa de ese inmenso Estado.