Hace 83 años fuerzas paraguayas retomaban el fortín Carlos Antonio López a orillas de la laguna Pitiantuta

Fuerzas paraguayas retoman el fortín Carlos Antonio López, a orillas de la laguna Pitiantuta. El descubrimiento por los paraguayos en 1931 y, luego, en 1932, por los bolivianos, de la laguna Pitiantuta, sumado al empeño de estos últimos de posesionarse de esa fuente vital fueron la chispa que inició la Guerra del Chaco. La posesión de ese espejo de agua era vital para ambos ejércitos. Al paraguayo, garantizaba su permanencia en una zona hostil y árida, en tanto que para los bolivianos podría ser la escala que les permitiera llegar hasta el río Paraguay por otra ruta que no fuera la del Pilcomayo.

En 1931, una expedición dirigida por el general ruso Iván Belaieff, e integrada por Basilio Serebriakoff, Alejandro von Eckstein, el teniente Hermes Saguier, un cabo de apellido Dávalos y su soldado apellidado Franco, además de dos guías indígenas, descubrió la laguna Pitiantuta, hasta donde llegó basándose en informes de aborígenes chamacoco. Para llegar hasta allí, la expedición paraguaya salió de Puerto Casado. Ubicar en ese sitio una guarnición militar era muy importante para el Paraguay, pues significaba una manera de contener las pretensiones bolivianas en la zona. Poco después, el 15 de junio de 1931, una veintena de militares del RC1 Valois Rivarola, al mando del capitán Rogelio Chenú Bordón, dejó fundado en una de las orillas de la laguna el fortín Carlos Antonio López.

Por su parte, durante un vuelo de reconocimiento, el 25 de abril de 1932, el aviador Jorge Jordán y el observador mayor Oscar Moscoso avistaron la misma laguna y el enclave paraguayo establecido en sus orillas. De regreso al fortín Muñoz, base de las operaciones bolivianas en el Chaco, comunicaron de su descubrimiento al Gobierno y el presidente Daniel Salamanca ordenó la realización de una expedición terrestre para conocer la zona y el tipo de ocupación avistado en el vuelo de exploración, pero teniendo el cuidado de no provocar “ni siquiera un rozamiento con las fuerzas paraguayas”. Varios infructuosos patrullajes se realizaron hasta que uno, integrado por el mayor Moscoso, los tenientes Ulises Pereira, José Mercado, Jorge Valdez y 25 soldados del regimiento Lanza, llegó hasta la orilla occidental de la laguna.

LA TOMA BOLIVIANA DE LA LAGUNA

Ante el pedido de la Comisión de Neutrales de informes que dieran el sitio exacto de las posiciones paraguayas y bolivianas en el Chaco, el Gobierno boliviano ordenó la toma del fortín paraguayo a orillas de la laguna, lo que se hizo el 14 de junio de 1932, matando al cabo Oliverio Talavera, mientras los otros soldados se daban a la fuga, para, después de varios días de caminata, llegar a Campo Esperanza, asiento de un escuadrón del RC2 Coronel Toledo, informando lo sucedido a orillas del Pitiantuta. Salamanca había recomendado tratar de no llegar a situaciones que comprometieran al Gobierno, pues, opuesto a lo que opinaban sus ministros y asesores militares, pensaba que “la ocupación del fortín paraguayo traería la guerra (pues) sería inverosímil esperar que el Paraguay se resignase a la inacción y al silencio”. Por otra parte, sostenía Salamanca, que “la posesión del lago tendría que ser débil, a causa de su alejamiento, y todavía se corría el riesgo de ser vergonzosamente desalojados por los paraguayos”. Los acontecimientos posteriores le dieron la razón.

RETOMA DE LA LAGUNA Y REPRESALIA BOLIVIANA

Enterado de la captura boliviana del fortín paraguayo, el teniente coronel José Félix Estigarribia, comandante de la I División de Infantería paraguaya, ordenó la inmediata reconquista del fortín Carlos Antonio López. Los bolivianos habían destruido el fortín paraguayo y se ubicaron a 5 Km. al oeste en un fortín que bautizaron con el nombre Mariscal Santacruz -a la laguna le dieron el nombre de Chuquisaca-. Construyeron una pista de aviación y recibieron refuerzos con hombres de los regimientos Ayacuyo, General Lanza, Loa y fusileros y ametralladoras ligeras del Campero. En total el Destacamento Moscoso llegó a contar con siete oficiales y 143 hombres, una batería de artillería, una sección de ametralladoras de dos piezas, 16 ametralladoras livianas, una sección sanitaria y unos 23.000 cartuchos de fusiles.

Para retomar el fortín, Estigarribia envió primeramente a un grupo dirigido por el teniente Ernesto Scarone al frente de 50 soldados del RI2 Ytororó, con dos morteros, un pelotón (32 hombres) del RC Toledo, más 10 hombres con mulas de carga y una sección sanitaria (en total 98 hombres). Efectuados los patrullajes, el 29 de junio los paraguayos atacaron a los bolivianos, pero ante la inferioridad numérica, los paraguayos se replegaron hacia el fortín Coronel Martínez. Ante esta situación, se envió un nuevo destacamento al mando del capitán Abdón Palacios, que incluía a las fuerzas de Scarone. Luego de un profundo reconocimiento, los paraguayos llegaron hasta las cercanías del fortín boliviano en la noche del 14 de julio. A las 3 de la madrugada del 15 de julio empezaron la marcha encontrándose con los puestos avanzados bolivianos.

Siguieron avanzando ya en pleno día, en medio de un sol abrasador, con la sed y el hambre exacerbando sus ánimos “atropellando resueltamente los ramajes espinosos, que parecían oponerse a nuestro avance”, según relató un protagonista. Luego de dos o tres asaltos penetraban en las líneas bolivianas consiguiendo que estos huyeran de sus emplazamientos. Al amanecer del 16, el mayor Moscoso descubrió alarmado que la mayoría de sus hombres abandonaron sus trincheras huyendo hacia el fortín Camacho (actual ciudad de Mariscal Estigarribia). Moscoso no tuvo otra alternativa que seguir a sus hombres, y los paraguayos retomaron la laguna. Los bolivianos, en represalia, siguiendo un plan preestablecido, capturaron los fortines paraguayos Toledo (el 27 de julio), Corrales (el 28 de julio) y Boquerón (el 31 de julio de 1932), por una fuerza comandada por el teniente coronel Emilio Aguirre, quien murió en la acción.