Hace 237 años fallecía Jean-Jacques Rousseau, músico y filósofo franco-suizo

El 2 de julio de 1778, hace 237 años, falleció Jean-Jacques Rousseau, músico y filósofo, uno de los principales escritores del siglo XVIII y uno de los pensadores universales por excelencia, cuyas ideas políticas influyeron en la Revolución Francesa, que estalló once años después de su muerte.

Rousseau expiró a los 66 años de edad, según parece debido a un infarto cerebral, aunque las circunstancias de su muerte no están claras. El filósofo francés de origen suizo (Ginebra, 1712) hacía dos meses que se había instalado junto a su mujer en un pabellón de la mansión del marqués de Girardin, un admirador suyo, en Ermenonville, al nordeste de París.

Huérfano de madre desde temprana edad, Jean-Jacques Rousseau fue criado por su tía materna y por su padre, un modesto relojero. Sin apenas haber recibido educación, trabajó como aprendiz con un notario y con un grabador, quien lo sometió a un trato tan brutal que acabó por abandonar Ginebra en 1728.

Fue entonces acogido bajo la protección de la baronesa de Warens, quien le convenció de que se convirtiese al catolicismo (su familia era calvinista). Ya como amante de la baronesa, Jean-Jacques Rousseau se instaló en la residencia de ésta en Chambéry e inició un período intenso de estudio autodidacto.

En 1742 Rousseau puso fin a una etapa que más tarde evocó como la única feliz de su vida y partió hacia París, donde presentó a la Academia de la Ciencias un nuevo sistema de notación musical ideado por él, con el que esperaba alcanzar una fama que, sin embargo, tardó en llegar. Pasó un año (1743-1744) como secretario del embajador francés en Venecia, pero un enfrentamiento con éste determinó su regreso a París, donde inició una relación con una sirvienta inculta, Thérèse Levasseur, con quien acabó por casarse civilmente en 1768 tras haber tenido con ella cinco hijos.

Rousseau trabó por entonces amistad con los ilustrados, y fue invitado a contribuir con artículos de música a la Enciclopedia de D’Alembert y Diderot; este último lo impulsó a presentarse en 1750 al concurso convocado por la Academia de Dijon, la cual otorgó el primer premio a su Discurso sobre las ciencias y las artes, que marcó el inicio de su fama.